Wasabi casero

Del mismo modo que la mayonesa casera no sabe igual que la que compramos en el supermercado, con el wasabi pasa exactamente lo mismo. Veréis, yo no soy muy dado a impregnar las piezas de sushi en esta salsa verde, pero si el wasabi en cuestión acaba de hacerse puedo hacer una gustosa excepción. El que preparan muchos japoneses en sus casas tiene un sabor muy diferente al que, a menudo, encontramos en los habituales sobrecitos diminutos. La diferencia es tal, que parece otro producto diferente. El wasabi acabado de rallar tiene un gusto más fresco, suave y bastante menos agresivo que el industrial. Desaparece esa sensación (horrorosa en mi opinión) que recorre nuestras fosas nasales y sube hacia lo más profundo del cerebro.

Pero lo más curioso del proceso de elaboración de esta raíz típica de Japón es el rallador que se suele utilizar. Hablamos de una pequeña base de madera, con un mango para sujetarlo, forrado de piel de tiburón. Sí, sí, lo que oís. ¡Piel de tiburón! Si pasáis el dedo, entenderéis por qué es ideal para obtener el wasabi rallado, ya que la piel del escualo tiene un tacto bastante similar al de un papel de lija.

Si algún día tenéis ocasión de probar el wasabi casero, no perdáis la oportunidad. Merecerá la pena.

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