De la indiferencia a la nostalgia

Si he de ser sincero, la primera vez que vi el sakura no me llamó en exceso la atención. Sí, observaba infinidad de imágenes pintorescas, pero no lograba comprender la obsesión de los japoneses por la llagada de este momento. Poco a poco, con el tiempo, fui apreciando la importancia del florecimiento de los cerezos, no sólo por la belleza del momento sino -en buena medida- por la simbología que representa. ¿Qué mejor manera de recibir la primavera que con millones de flores blancas?

Ahora, que me encuentro a miles de quilómetros de Japón, añoro ese momento tan especial. Cuando la gente camina por la calle ilusionada en ver un cerezo en flor y cuando la gente aprovecha para compartir excursiones, picnics y demás actividades.

Durante estos días los principales parques de Japón y sus mejores avenidas se convierten en un verdadero espectáculo natural que, en mayor o menor medida, no puede dejar indiferente a nadie.

Este año el momento más álgido del sakura ha coincidido en los países católicos con la Semana Santa, la contraposición a todos los sentimientos que se viven ahora en Japón. Una vez más prefiero decantarme por la opción japonesa: tristeza por alegría y color negro por colores vivos y primaverales.

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