Trenes silenciosos

Recientemente la prensa española nos ha hablado del éxito que ha alcanzado el vagón silencioso que Renfe ha habilitado en los AVE Madrid-Barcelona. Se trata de un coche donde la luz es tenue, donde no está permitido hablar por teléfono, ni hablar en voz alta y donde la megafonía está inhabilitada. Un vagón que tiene como objetivo hacer más tranquilo el desplazamiento a sus pasajeros.

La iniciativa de la empresa ferroviaria está muy bien, pero ello demuestra el tipo de sociedad que predomina en nuestro país. No hace falta decir cómo son los viajes en transporte público en Japón, ¿verdad? Silencio absoluto en cualquier vagón, en cualquier andén y en cualquier sitio. Allí no son necesarios los coches silenciosos, porque ya todo es silencioso. Allí no hace falta instruir a la gente para que no moleste, porque ellos nunca molestan a nadie.

Cuando una sociedad no habla por su teléfono móvil en el tren, dice mucho de sí. No lo hacen porque no tengan ganas de responder, sino porque no quieren molestar a sus compañeros de viaje. Algo que aquí nadie se plantearía en absoluto. Es más, ¿cuántas conversaciones (desagradables) a grito limpio hemos oído en los trenes? ¿A qué creéis que es debido, a la falta de educación o a la falta de sensibilidad?

En Japón, durante las horas punta, la mayoría de los pasajeros de un tren viajan de pie, todos ellos apoyados con una mano en el agarrador y con la otra sujetando el móvil o un manga. Cada uno con su mundo o cada uno con su sueño (recordemos que los japoneses duermen mucho en el transporte público). Y las conversaciones siempre en voz baja y lo más breves posibles. La falta de ruido es tan fuerte que ni el traqueteo del tren es suficiente para romper con la incomodidad del silencio.

Objetos perdidos

Son muchísimas las anécdotas que se podrían explicar que demostrarían la seguridad de Japón y la honradez de sus gentes. Historias inverosímiles que cuentan cómo se han perdido objetos de valor, carteras, monederos, ordenadores… y sus propietarios lo han recuperado sin ningún problema. Y es que en Japón las cosas ajenas no se tocan, o si se tocan sólo es para facilitar su localización. Habitualmente por las calles de Tokio es normal encontrar objetos situados en lugares altos y visibles para facilitar al propietario su rápida recuperación. Podemos encontrar zapatos de niños, abrigos, guantes, teléfonos móviles, carteras e incluso tarjetas de crédito.

Siempre que surge la oportunidad cuento la historia de la tarjeta de crédito que vi en el suelo en una concurrida estación del área metropolitana de Tokio. Acababa de llegar a Japón y me sorprendió enormemente encontrarme una tarjeta de crédito en el suelo. Pero lo más asombroso fue ver cómo la gente pasaba por al lado y nadie se adueñaba de ella. Algo que, lamentablemente, en Europa es muy frecuente. Cuando la vi, me aparté y aguardé a distancia suficiente para ver qué ocurría con la tarjeta. Por su lado pasaron cientos de personas y nadie se agachó ni un solo momento para recogerla. Del mismo modo he visto por los suelos de Tokio muchos otros objetos de valor y conozco gente que se olvidó objetos valiosos en los trenes y los recuperaron fácilmente.

Admiro profundamente que en Japón la gente no se adueñe de lo que no le corresponde. Si en Japón pierdes algo, tranquilo que seguro que lo recuperas.

Al cole sin choche ni papás

nensPor las calles de Japón es muy frecuente ver niños que caminan solos o en pequeños grupos. Por la mañana se dirigen a la escuela y por las tardes regresan a sus casas. Realmente resulta inquietante observar cómo, con tan solo seis años, caminan en solitario a merced de lo que les pueda ocurrir; así sin padres ni coches que les lleven a destino.A pesar de que Japón es uno de los países más seguros del mundo, con nuestra mentalidad occidental nos intranquiliza verlos en solitario; aunque algunos de ellos vayan equipados con detectores GPS y “chivatos” que alertan cuando el niño está sufriendo alguna situación de emergencia.

Al margen de la peligrosidad o no, observar los niños dirigirse en conjunto hacia la escuela puede resultar una curiosa postal. Normalmente van todos uniformados por igual y llama la atención las gorras y las mochilas del mismo modelo que todos comparten.

A diferencia de otros lugares del mundo, la mayoría de los niños en Japón también van al colegio durante los fines de semana; aunque las tareas que se desarrollan durante sábados y domingos difiera sustancialmente respecto a la que se imparten entre semana. Por último, otra curiosidad relacionada con este tema, y es que los pequeños japoneses se encargan de las tareas de limpieza de las aulas y del servicio del comedor. De manera rotativa se reparten los queaceres y aprenden a convivir con los buenos modales y la pulcritud.

Oshaburi

chupeteEn Japón, a pesar de disponer de una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, no es difícil ver bebés. En los trenes muchos papás y mamás viajan con sus retoños y ese es un buen momento para ver las grandes diferencias existentes entre los niños pequeños de aquí y los de allí.

Japón es un país con una alta densidad de personas, por ello las aglomeraciones son muy habituales en las grandes ciudades y, especialmente, en los transportes públicos. Los japoneses para evitar molestias a los demás y para garantizar la seguridad de sus pequeños, evitan el uso de los aparatosos cochecitos. En cambio, la manera más cotidiana que utilizan para transportar al bebé es sujetándolo a la parte delantera del cuerpo de su progenitor mediante una especie de arnés.

Sin embargo hay otras grandes diferencias respecto a nuestros bebés. Los japoneses no suelen dar el chupete a sus hijos y, de hecho, no he visto nunca a un niño con un “oshaburi”, que es como se llama aquí. En una ocasión pregunté si en Japón existen los chupetes y de ser así por qué no los usaban. La respuesta fue bastante contundente, según me contaron porque es malacostumbrar al bebé. Sea por lo que sea, ¡aquí los niños no usan chupete!

Disfrazarse del servicio de limpieza para ver al niño en la guardería

bebejapones650Ayer un amigo me explicó la última «japonesada»: cómo tuvieron que vestirse, él y su mujer, para observar a su propio hijo en la guardería japonesa.

El pequeño acaba de empezar en el jardín de infancia y, por ello, el centro ofrece la posibilidad a los padres de que vean a su benjamín interactuar en el aula con el resto de compañeros. Para ello tuvieron que aparentar que formaban parte del servicio de limpieza del centro, con su bata azul, mascarilla blanca y pañuelo en la cabeza. Todo de artilugios para que su pequeño de dos años no los reconociera y pudiera ser observado con total naturalidad en su particular «hábitat». ¡Y funcionó! No sólo el niño no los reconoció, sino que los padres pudieron observar la interacción de los pequeños, la atención que depositaba en clase y el rol que jugaba en aquel entorno.

Para mi amigo aquello fue algo bastante surrealista, aunque gracias a aquel simulacro pudieron ver la realidad que envuelve a su pequeño en el jardín de infancia.